El Legado que Dejó una Cicatriz

El Legado que Dejó una Cicatriz

Por: Alejandra Criollo

Mi principal iniciativa para comenzar en el voluntariado nació de una historia muy personal, una en la que, sin querer, fui el personaje secundario. Mi mamá tuvo cáncer; todo empezó cuando yo tenía 12 años, y durante tres años viví la enfermedad junto a ella, aunque no tan cerca como ahora quisiera, porque no entendía del todo lo que estaba pasando a mi alrededor. De esa experiencia me quedó una mezcla profunda de emociones, un dolor inmenso y, con el tiempo, una forma muy propia de “superarlo”, entre comillas, porque aún no ha sido del todo así.

Después de vivir algo tan fuerte, comprendí que mis propias vivencias podían convertirse en una forma de acompañar a quienes estaban pasando por lo mismo con sus hermanos, papás o hijos. Eso me impulsó a hacer voluntariado y a dar lo mejor de mí, abrazando a las personas desde la empatía, la admiración y la valentía. Ver a niños tan pequeños enfrentarse a algo tan inmenso me llenó de admiración, pero también de impotencia, porque realmente quería hacer algo para devolverles la sonrisa. Poder ayudarlos, aunque fuera provocando una sonrisa en ellos o en sus familiares, y cuando esto pasaba sentía que todo había valido la pena.

Vivir estas experiencias también me permitió ver el mundo desde otra perspectiva: desde el agradecimiento, la empatía y, sobre todo, desde una conexión más profunda con Dios.

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