Soy Tábata Paredes, estudiante de medicina, y participar en el voluntariado junto a mis amigas de la universidad en el Comité del Pueblo fue una de las experiencias más significativas que he vivido durante mi formación académica. Desde el inicio, el trabajo con adolescentes entre 12 y 17 años me permitió acercarme a una realidad compleja y muchas veces invisibilizada, que me hizo reflexionar profundamente sobre el rol que tenemos como futuros profesionales de la salud. Durante las jornadas realizamos charlas sobre sexualidad, alimentación y depresión, acompañadas de actividades dinámicas, espacios de diálogo abiertos y momentos de convivencia, en los que también compartimos alimentos, lo que ayudó a generar un ambiente de confianza, respeto y cercanía con los participantes.
A lo largo del voluntariado confirmé lo mucho que disfruto trabajar con adolescentes y la importancia de crear espacios seguros donde puedan expresarse libremente, sin miedo a ser juzgados. Sin embargo, la experiencia también fue impactante y, en varios momentos, desconocida. Muchos de los adolescentes tenían información muy limitada o errónea sobre temas básicos de sexualidad, lo que evidenciaba una clara falta de educación integral y acompañamiento adecuado. Además, fue evidente la presencia de problemas relacionados con la autoestima, la imagen corporal y los trastornos de la conducta alimentaria, situaciones que afectan profundamente su bienestar físico y emocional.
Uno de los aspectos que más me marcó fue escuchar creencias profundamente arraigadas sobre los roles de género, como la idea de que los hombres no deben llorar ni expresar sus emociones. Estas frases, dichas con naturalidad, reflejan cómo los estigmas sociales continúan influyendo negativamente en la salud mental de los adolescentes, limitando su capacidad para reconocer y expresar lo que sienten. Escuchar estas realidades me permitió comprender la importancia de abordar la salud mental desde edades tempranas y con una mirada empática.
A pesar del impacto emocional que implicó conocer estas realidades, la experiencia fue profundamente gratificante. Ver cómo poco a poco se animaban a participar, a hacer preguntas y a cuestionar creencias erróneas me hizo sentir que nuestro trabajo estaba generando un cambio positivo. Este voluntariado me enseñó que la medicina va más allá del diagnóstico y el tratamiento, e incluye la educación, la prevención y el acompañamiento humano. Salí de esta experiencia con el corazón lleno, mayor sensibilidad social y la certeza de que quiero seguir involucrándome en iniciativas que promuevan la salud, la educación y el bienestar de las comunidades.

