Una de mis experiencias misioneras ocurrió en Semana Santa de 2021, en Taisha. Fuimos estudiantes de tres colegios distintos y, aunque llegamos como grupos separados, los primeros días nos reunieron en la comunidad central. Pasamos dos noches conviviendo allí, conociendo a las personas que habitaban el lugar y a los sacerdotes que acompañaban la misión. Ese primer contacto fue un aprendizaje silencioso: antes de “hacer”, había que mirar, escuchar y entender el territorio que nos recibía.
Durante la semana nos dividimos en distintas comunidades. Las tareas eran sencillas y, justamente por eso, profundas: ayudar a arreglar capillas, acompañar celebraciones, visitar casas, repartir víveres y ropa. Sin embargo, lo más importante no estaba en lo que entregábamos, sino en lo que compartíamos. Pasábamos largas horas jugando con niños, niñas y jóvenes, inventando dinámicas, riendo sin demasiadas explicaciones. Ahí comprendí que el servicio no siempre se mide por resultados visibles, sino por la capacidad de estar presentes.
Meses después, en julio de 2021, viví mi voluntariado en Esmeraldas con niños y niñas en situación de calle. Esa experiencia tuvo otro ritmo. Por las mañanas trabajaba en un colegio privado; por las tardes y los fines de semana, el tiempo se volcaba por completo al voluntariado. Vivíamos con otros misioneros en una casa compartida y cada día asumíamos distintas responsabilidades: cocinar, limpiar, organizar actividades, salir a entregar alimentos del gobierno a personas que no tenían qué comer.
La convivencia fue tan formativa como el trabajo en comunidad. Aprendí que servir también implica aprender a convivir, a ceder, a sostener al otro cuando el cansancio pesa. Con los niños entendí algo que no aparece en ningún manual: no buscaban grandes gestos, sino atención, juego, una mirada que no juzgue.
Hoy sé que el servicio no es un acto aislado ni un gesto altruista que se agota en el otro. Es una experiencia que transforma a quien la vive. Por eso animo a más jóvenes a hacerlo. Porque servir no solo cambia realidades externas: nos cambia la forma de leer el mundo, de habitarlo y de comprendernos a nosotros mismos.

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